sábado, 13 de noviembre de 2010

Maras

Internacional

«Las maras salvadoreñas captan a niños con menos de 10 años»

Santiago Nogales es dramaturgo y actor. Además, dirige el Colegio Padre Arrupe en El Salvador 

Un actor de Éibar que dirige un colegio español en un barrio de San Salvador tomado por las pandillas. ¿La trama de una obra?
 
-La de un sueño hecho realidad, el del padre Juan Ricardo Salazar-Simpson, que quiso que las artes fuesen una columna sobre la que sustentar el proyecto educativo de un colegio en el cinturón industrial de San Salvador, oasis de paz, cultura y educación en medio de un territorio hostil y violento, donde impera la ley de las maras. 
 
-Pandillas que captan niños con solo 10 años...
 
-Incluso antes, si me apura. Por eso estas intervenciones en educación, cultura y ocio de calidad son absolutamente preventivas para paliar el desastre. Si hubiera en el cinturón industrial de San Salvador veinte experiencias como esta, que población para ello hay, estaríamos hablando de otras cosas.
 
-¿Qué le vio el jesuita, ingeniero experto en informática y motores, para confiarle su proyecto?
 
-Le conocí por un vínculo familiar. Él era un apasionado del teatro, la pintura y la música, y yo estaba en El Salvador, donde me quedé tras cumplir una gira del Ministerio de Cultura español como actor de Micomicón Teatro. Corría 1996. El padre Juanri me dijo: «Te necesito para que trabajes con los chicos, para que hagan teatro, para que conozcan la historia del arte...». La idea solo era dar unos talleres.
 
-Y acabó dirigiendo un colegio de 1.800 alumnos.
 
-El colegió recibió a sus primeros alumnos en 1998. Yo empecé con los talleres de teatro junto a mi esposa, Rosario Ríos, que también es actriz; pero trabajar con el padre era una espiral de emoción e ilusión. Te decía «¿y además no podrías dar literatura?», y cómo le decías que no. «Pero mira, Santi, es que aquí la gente no tiene ni idea de gramática, ¿no podrías darles alguna clase?», «¿y si implementáramos las de historia del arte?»... Terminé en la dirección académica.
 
-Perdieron al líder apenas empezaba la aventura.
 
-Una tragedia. Dos años después de abrir el colegio, y a los dos días de graduar a la primera promoción de bachilleres, el padre Juanri fallece. Es un punto de fractura e inflexión. Pero el patronato de la Fundación Padre Arrupe dispone que el proyecto siga y se decide crecer hacia la base, incorporando todos los ciclos hasta la educación infantil.
 
-Se volcó en el magisterio, pero siguió con la pasión del teatro. En su celebrada «Última calle del poniente» trata el infierno de la emigración.
 
-En el Salvador decimos dramáticamente, con buena dosis de humor negro, que lo único que exportamos son salvadoreños. Aquí, si hablas con cien personas, noventa se quieren ir porque no hay nada. Es una emigración dramática, tremenda, una marcha a pie. Agarran el camino del norte, cruzan Guatemala, México, expuestos a los narcos y a los secuestros, a las masacres, como en el último episodio de «Los Zetas», a las mutilaciones en los trenes a los que suben en marcha, a los asaltos... Es el vía crucis hasta EE.UU.. No conozco una familia salvadoreña que no tenga esa experiencia de dolor. Y el goteo no cesa.
 
-¿Sus chicos también se van?
 
-Un alumno de la primera promoción, de nuestro grupo de teatro y apasionado de la escena, está ahora estrenando cosas en Los Ángeles, entre «amateur» y profesional. Terminó el bachillerato y no había más opciones. Se fue «mojado». Durante tres meses no supimos de él. Pero llegó, compró un camión, es camionero por el día y en la tarde-noche hace teatro. También eso lo ha sembrado el colegio español Padre Arrupe: no es un emigrante más, sino que tiene deseos de hacer cosas en el mundo de la cultura.
 
-Abordó la ferocidad de la guerra en «La isla de la pólvora negra». ¿Aún pesa tanto en El Salvador?
 
-Somos una sociedad posbélica que no se ha desarmado. Las heridas están ahí y se transita hacia la reconciliación, si es que algún día se logra. Mientras, la sociedad armada es como una granada de mano con el riesgo de que en cualquier esquina alguien le quite la espoleta. Aquí todo el mundo lleva una pistola en la guantera de su carro.

 

 

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